Santiago Carrillo














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La aristócrata y el comunista (Una historia de la transición) José Martí Gómez Hace treinta y cinco años el país se conmocionó con la legalización del Partido Comunista de España. En este largo relato se recuerda lo que fueron aquellos días a través de tres protagonistas y algunos secundarios.
El lunes 9 de julio de 1984 escribí:


“Estaba un día Carmen Díez de Rivera secándose el cabello color ceniza en su ático pequeño y bien puesto cuando sonó el teléfono.Le telefoneaba la esposa de Enrique Tierno Galván, por entonces alcalde de Madrid.-¿Qué pasa, Carmen, qué es eso? -inquirió-¿Sobre qué me hablas? –preguntó a su vez la ex musa de la transición que por entonces ya había dejado la Moncloa.-Lo del arresto domiciliario.-¿Qué arresto domiciliario?El tuyo.-¿El mío? Pero si llego ahora de la calle y vuelvo a salir de inmediato para asistir a una reunión.De Carmen Díez de Rivera, la ex chica jeans de presidencia, la ex militante de la USDE de Dionisio Ridruejo, la ya por entonces declarada simpatizante del PSP del Viejo Profesor y sindicada en Comisiones Obreros, a los de Alianza Popular les dio por decir que era agente de la KGB y por aquellas fechas hicieron correr que estaba en arresto domiciliario. El funcionario Ortiz había incluso presentado al presidente Suárez un informe explicando los chanchullos de Carmen: no sólo había tomado una copa de chinchón con Santiago Carrillo ya sin peluca sino que encima, que el cielo la juzgue, había sostenido reuniones con miembros de la muy ilegal oposición.Carmen Díez de Rivera sintió, a modo de tentación, una nueva llamada del desierto:-Me vuelvo a África ante tamaña mediocridad, estupidez y confusionismo –dijo recordando sus tiempos felices por tierras africanas huyendo de un noviazgo frustrado.
Si la memoria no me falla, años antes me explicó, cenando unas deliciosas quisquillas en La Trainera, que había estado con Adolfo Suárez en Televisión Española y en la Secretaria General del Movimiento. Según Gregorio Morán, en este último lugar estuvo pocos meses: los justos para dejarle al jefe unos buenos informes sobre quién era quién de la oposición deshojando la margarita de la reforma o de la ruptura.
Cuando Suárez, ya presidente del Gobierno, se la lleva con él a la Moncloa como su jefa de gabinete la ciudadanía se sintió sacudida en sus entrañas al ver su foto en los periódicos.
-Está buena –dijeron los tíos.
-Es la oveja negra de su familia –se dolió la alta sociedad.
-Hará un buen trabajo –opinaron los que la conocían.
Visto con perspectiva, acertaron todos.
A mediados de los años setenta la chica de los jeans y el pequeño utilitario con pays-pays para paliar el calor de los meses veraniegos estuvo discretamente en el núcleo duro de los fregados de la transición. Y por citarla, la citaban todos a la hora de recapitular la memoria de aquellos años.
Alfonso Osorio, vicepresidente en el primer gobierno de Adolfo Suárez, la tuvo sentada a su lado en el comedor de Zalacaín cuando habló de la reforma política con el presidente*. Federico Isart, subsecretario con la vicepresidencia de Abril Martorell, recuerda como Carmen Díez de Rivera intervino ante Suárez para que éste tratase con Tierno Galván el problema que sobre él y sus compañeros José Luis Aranguren y Agustín García Calvo pesaba desde hacía doce años, cuando fueron separados de sus cátedras por su actividad política. Si Josep Corredor, que fue secretario de Pau Casals en Prades, no se hubiese suicidado tal vez nos habría contado en sus memorias lo que un día me contó a mí: ‘Carmen Díez de Rivera me ha solucionado un problema de escalafón y cobros atrasados como funcionario de la Generalitat, pendientes desde los años en que dejé Cataluña y me exilé al perder la República la guerra civil’.
De no haber fallecido, José Mario Armero hubiese podido explicar, pese a que era muy discreto en sus trabajos de zapa, cómo y cuándo Carmen Díez de Rivera empezó a intervenir en los contactos Suárez-PCE. Y Jordi Pujol tal vez cuente algún día porqué rechazó tenazmente, la mirada esquiva y el gesto adusto, el café que Carmen le ofrecía gentilmente cuando en compañía de otros políticos de la oposición entró por primera vez en la Moncloa.
Soltería tan dramática como adorable la de esta mujer que dejó la Moncloa y se refugió en el No-Do para recalar más tarde en Bruselas como eurodiputada socialista y para al olvido no sin antes ser pasto de la insidia, siempre al alcance de su mano la gruesa carpeta en la que guardaba el material para la inacabable tesis sobre no recuerdo que periodo concreto de la historia de España, con lo fácil que le hubiese resultado escribir de primera mano una tesis sobre los años de la transición que vivió de cerca.
Escribe Gregorio Morán en su biografía sobre Suárez que Carmen Díez de Rivera fue la Justine de Lawrence Durrell: ‘La marquesa de Llanzol, su madre, ocupó un lugar destacado en la alta sociedad de los años cuarenta. Si la madre parecía salir de las páginas del duque de Saint Simon en la corte de Luis XIV, su hija tenía algún punto de identidad con la Justine de Durrell en El cuarteto de Alejandría. Carmen Díez de Rivera no introdujo a Suárez en el mundo aristocrático, que ella no frecuentaba, pero le enseñó no obstante, las reglas, la etiqueta, algo de estilo y una cierta coquetería personal que no haría más que aumentar con el paso del tiempo. Posiblemente Carmen fue el detalle cosmopolita de un hombre tan provinciano que sólo aspiraba a ser ministro. Le sería muy útil porque le abrió las puertas, facilitó contactos y le enseñó como se escoge el color de una corbata’.
Algo de verdad debe haber en esa descripción. El coronel Sanmartin, condenado por su implicación en el intento de golpe de Estado del 23-F, explicó en el apartado de su libro dedicado a la gente que tuvo el gusto o disgusto de conocer que, estando un día en el despacho presidencial de la Moncloa, Suárez le comentó orgulloso, en el momento en el que una atractiva secretaria entraba en el despacho:
-Es la marquesa de Llanzol.
Como el mundo es un pañuelo, otro golpista, el general Armada, resultó estar casado con Francisca Díez de Rivera, prima hermana de Carmen, la que tras dejar la Moncloa pasó a militar, megáfono en mano, en las filas del PSP de Tierno, felicitó al presidente en su onomástica el primer San Adolfo y Martir que ella estaba lejos de presidencia y me cautivó a mí la noche en la que cenando con ella en una tasca le dijo al ministro Ignacio Camuñas, también conocido como Nacho de Noche, que no aceptaba su invitación a una fiesta de fin de semana no porque tuviese algún compromiso, que no lo tenía, le explicitó para más corte, sino simplemente porque no le apetecía compartir su tiempo con ciertas compañías.
Así de franca, así de rotunda”.
Unos amigos suyos hicieron llegar a Carmen ese esbozo de perfil biográfico.
Me remitió un tarjetón:
“En un país con tanta tendencia a la acidez, resulta exótico que tú escribas así.
No sabía que Corredor se hubiese suicidado. Hablábamos por teléfono. Nunca nos conocimos personalmente pero siempre mantuvo conmigo un espíritu delicado y generoso. No salía de su asombro por el hecho de que sin conocerle intentase arreglar lo que tan legítimamente le correspondía. Todavía sigo asombrada de que por hacer lo que a mí me parecía normal causase tanto asombro. Todo eso ya queda lejos, pero tú sabes bien los problemas que tuve por comportarme con normalidad. A veces me sonrío cuando leo, a toro pasado, las cosas que ahora cuentan los que entonces estaban en el…”
A Carmen se le acabó el tarjetón. Continuó escribiendo en una pequeña hoja de papel:
“… poder, o las que contarán en su momento los actuales. Todo ello me lleva a pensar que la historia, tanto la nuestra como la de otros lugares, poco tiene que ver con la realidad. Pero eso ya lo decía Unamuno, como tú sabes mejor que yo.
Hace años que estoy lejos de todo esto. La política, claro que me interesa; pero el poder, nada. Hay tantísimas otras cosas en la vida, algo menos sucias y algo más generosas…
¿No te parece?
Cuídate mucho, José. Sigo sintiendo por ti el afecto de siempre”.
Según mis papeles, el 3 de julio de 1976 yo estaba de guardia en el periódico en el que entonces trabajaba cuando a las 22 horas y 45 minutos la agencia Cifra pasó el télex número 121, fechado en Segovia, recogiendo la opinión que a don Julio García Ibáñez, consejero nacional del Movimiento, le merecía el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno:
“Es un hombre con un gran instinto político. Puedo contar, para reforzar esa opinión, que siendo él gobernador civil de Segovia sostuvimos una discusión que llegado a punto zanjó diciendo que lo mejor era solucionar el asunto tirándonos un pulso sobre la misma mesa del despacho y el que lo ganara, para él la razón. Así se hizo, ganó y me convenció de su talento político”.
Desde 1976 hasta que dimitió, la vida política de Suárez fue un continuo tirarse pulsos, fuese con la Iglesia, el Ejército, los sectores nostálgicos del franquismo o la oposición. Fueron pulsos lo suficientemente hábiles para pilotar la transición y hacer que muchos de los que dudaron de él se tragasen sus palabras.
Francisco Fernández Ordoñez me definió a Suárez como un penene el día que le nombraron presidente del Gobierno pero tras las primera elecciones democráticas ganadas por la UCD aceptó el nombramiento como ministro de Hacienda. El mismo día que Fernández Ordoñez me había dicho lo del penene, Joaquín Garriges Walker me definió a Suárez como un pobre chico al que le faltaba pedigrí, pero también acabó formando parte del Gobierno: ministro de Obras Públicas y Urbanismo, primero, y vicepresidente sin cartera, al final.
No menos irónico y escéptico se había mostrado Antonio de Senillosa, con el paso del tiempo buen amigo de Carmen, pero por entonces bajo el síndrome de Areilza, íntimo compinche y frustrado presidente: “A Suárez le llaman El Flecha”, me dijo.
Únicamente la viuda de Fernando Herrero Tejedor, mentor político del joven presidente, recibió la noticia con alegría, sin reticencias y un solo comentario negativo: la pena que le causaba saber que Suárez ya no pasaría más por el estanco que le había concedido el Estado cuando su esposo falleció en un accidente de tráfico, estanco del que Suárez le llevó la contabilidad en sus tiempos en paro político.
El caso es que a trancas y barrancas la sonrisa de la reforma se impuso y la mayoría de quienes en un principio le criticaron, personal que Pío Cabanillas me definió como “gentes instaladas en las estaciones de cercanías del franquismo o en los sectores de oposición democrática de centro-derecha”, acabaron formando a sus órdenes, aspirando a un cargo, al tiempo que conspiraban para cepillárselo. Suárez les decía: “Tranquilos: habrá globos para todos”. Como si fuesen criaturas. O quizá eran eso: criaturas aspirando a un globo azul, color de la UCD, y a una parcela de poder.
Fue por ese tiempo, apasionado, ilusionado, turbulento, que conocí a Carmen. Lo primero que me dijo de Suárez fue que era muy frío y no tomaba una decisión hasta tener en su mano todos los datos y saber que ganaba.
-Me ha engañado tantas veces que a partir de ahora todo lo que tratemos lo pediré por escrito –se me dolía Felipe González en una habitación de hotel, ya consolidado como líder del primer partido de la oposición.
Suárez se fue tan sorprendentemente como había llegado. De la noche a la mañana. El tiempo que Josep Melià había tardado en escribir ¿Qué es la reforma?.
-Suárez es hombre inteligente –me dijo Melià, que meses antes me había dicho lo contrario y meses después entró a trabajar como fontanero en la Moncloa, junto al diplomático Alberto Aza. Siendo embajador en Londres, Aza me explicó, tomando café en uno de los salones de la embajada, que Suárez siempre mimaba a los que le daban palos y daba caña a los que le eran fieles, “como Melià y yo”. Lo dijo sin rencor. Distendido, ya de vuelta, comocivil servent que dijo ser.
Mediterráneo de espíritu, lo que equivale a decir irónico, sensual, escéptico y en ocasiones cínico en su visión de la vida. Narrador oral excepcional que fracasó en sus intentos por escribir una novela porque explicaba que conforme iba dando voz a los protagonistas estos se le escapaban entre desmesuras. Hombre de paradojas, años después de dejar la política por los negocios, Melià seguía manteniendo que la reforma sólo se podía hacer de la forma que se hizo. En esto coincidía con Carmen.
Me decía Melià:
-Creo que la transición fue conforme se ha contado. Quedan sólo por contar algunos aspectos sentimentales o la forma en la que se silenció a determinadas personas que incomodaban en aquel momento. ¿Son importantes esos testimonios? No lo sé. Hay muchos sistemas de interpretación.
Melià me puso un ejemplo: estaba convencido de que una de las cosas que Suárez pagó caro fue ofrecer a determinadas personas, a las que en su momento implicó en la reforma política, una serie de promesas que no pudo o no quiso cumplir porque seguramente ya era un trato formulado con reserva mental. Esa gente, me siguió explicando Melià pocos meses antes de morir, reaccionó de forma distinta: unos, dolidos; otros, con mucho resentimiento. Recordaba a Belén Landáburu o Fernando Suárez, por poner dos ejemplos, que en su día dieron el do de pecho por la reforma y no tuvieron ningún papel, quedaron marginados de la misma forma que lo fue Torcuato Fernández Miranda cuando dejó de cumplir su rol.
También recordaba Melià cómo se solucionó el problema del núcleo duro sindical que se oponía a la reforma: alguien tuvo la feliz idea de enviarlos con gastos pagados a un congreso que se celebraba en Panamá. Al finalizar el congreso los sindicalistas fueron invitados a un lujoso crucero por el Caribe, crucero que Melià suponía corrió a cargo de los fondos reservados. El crucero tuvo lugar justo los días en los que se votaba la reforma política, acto al que los sindicalistas renuentes a la apertura política no pudieron asistir.
Añadió Melià:
-Hubo mucho trabajo sucio en la transición. Trabajo sucio en sí mismo y en cuanto a los materiales con los que se tenía que operar, material que olía mal. Pero como dicen los espías, es trabajo que alguien tiene que hacer y alguien tenía que dinamitar el viejo régimen. Es lo que queda por contar. Cómo se lograron adhesiones y marinaron conflictos. Políticamente Suárez fue un pragmático vocacional al que se le encargó el pragmatismo de la reforma. Un cargo vacío de todo contenido excepto en tres cosas: el Rey debía ser aceptado por todas las fuerzas políticas, en España debía instaurarse una democracia y, por último, el efecto de toda la operación debía culminar en el futuro con el Príncipe sucediendo al Rey sin que en el país ocurriese nada. Suárez asumió el encargo y lo ejecutó. Su modo e operar partía siempre de asumir la realidad: hay una serie de imponderables con los que tienes que aliarte para no ser arrastrado. Suárez siempre me decía: “Todo lo bueno se anota a cuenta del Rey y lo que hay de malo se carga en mi cuenta”. ¿El resultado? Se consiguió que un país que no es ni ha sido nunca monárquico sea cuando menos juancarlista, aunque en el viaje no hemos encontrado el necesario punto de equilibrio para criticar la institución sin caer en la trampa de que al hacerlo profanamos la Constitución.
Fue un tiempo fascinante. El país era joven y por lo tanto belicoso. La calle vivía una gran agitación social y cada día los medios de información traían noticias del estallido de una bomba, real o informativa. Se vivía día a día la modificación del mapa político. Suárez, según me explicó Carmen, reía viendo aquella excitación. Le explicaba que se equivocaban los que creían que la gente corría ilusionada hacia la democracia. “La gente -decía- lo que hace es huir del franquismo por miedo a que el edificio le caiga encima”.
Corría la gente y corría la oposición. El 26 de noviembre del 76, Areilza, que como ministro de Asuntos Exteriores con Arias Navarro, le había quitado a Santiago Carrillo lo que ningún gobierno puede quitar, la nacionalidad, le recibía en su casa para cenar junto a Felipe González, Ruíz Jiménez, Tierno Galván, Andreu Abelló, Senillosa y Julio Jáuregui. Carrillo aún llevaba peluca. Los reunidos querían afrontar la transición en común. Sólo González conseguiría cruzarla con éxito. Inmisericorde, la transición devoraría al resto de los comensales en el chalet de Aravaca.
Dos días antes de que los convocados en el domicilio de Areilza cenasen merluza frita mientras discutían la estrategia en común para enfrentarse a Suárez y se quedaban sin ver el partido Barcelona-Valencia que se retransmitía por televisión Rosa Regàs se presentó en el palacete de Castellana 3 (la Moncloa todavía era dependencia del Ministerio de Agricultura) para recibir el manuscrito del libro que como editora de La Gaya Ciencia había encargado a Adolfo Suárez pero había escrito un funcionario apellidado Prieto. En el texto en cuestión se leía que reforma viene de reformatorio y que una cosa es el destape que admitía la reforma de Suárez y otra distinta los glúteos de las señoras.
Carmen no estaba en la Moncloa el día que dimitió Suárez pero si estaba en la antesala del despacho presidencial en el 3 de la Castellana el día que cayó en sus manos el texto del funcionario Prieto firmado por el presidente Suárez. “¿Pero esto qué es?”, exclamó cuando empezó a leerlo. Rosa Regàs esperaba en un despacho cercano. Le habían telefonado diciéndole que podía pasar por presidencia a recoger el original y lo que recogió fueron las amables palabras de Carmen diciéndole que no podía el texto porque se debían retocar algunas cosas. Se retocó todo. El texto de Prieto fue a la incineradora y a Melià se le encomendó la tarea de escribir un nuevo original en veinticuatro horas porque el país estaba esperando a que alguien le explicase con urgencia qué era la reforma. La escasa venta que tuvo el libro vino a demostrar que el país ya se había hecho una idea por su cuenta y no era necesario que se lo explicasen.
En el ínterin, a Rosa Regàs le llegó un telegrama firmado por Enebral Casares, periodista, científico y jurisconsulto según pude saber cuando contacte con él y me remitió su tarjeta de visita. Rosa Regàs leyó:
“He visto y hablado con Melià y temo libro ligereza contenido. Stop. Le propuse asesorarle pero marcha a Mallorca. Stop. Sugiero escribirte libro paralelo título análogo. Stop. Editar simultáneamente ambos. Stop. Comprendo dificultad y carezco de egoísmo. Stop. Pero importa densa aclaración opinión gente. Stop. Siempre ciertamente tuyo. Stop. Enebral Casares”.
Cuando el libro de Melià pinchó en las librerías, Enebral Casares me comentó: “Poca cosa es una reforma que se escribe en veinticuatro horas”. En el proyecto que le había ofrecido a Rosa Regàs, Enebral Casares ponía música a la reforma dividiendo el libro no en capítulos convencionales sino en “preludio y solfeo total; caudillaje y derroteo; raíces y frutos; poda y rebrote; luz y camino y allegro con brillo”. La brillante idea no cuajó.
-Anda, vamos a cenar quisquillas a La Trainera. Son muy buenas y allí iba a comerlas Santiago Carrillo todavía con peluca –me dijo Carmen poco después de vivirse la esperpéntica historia de libro.
-Caramba. Si que sabe cosas el servicio de información de presidencia –le respondí.
-No. Lo de Carrillo lo sé porque me lo dijeron mis amigos.
Los amigos de Carmen sorprendían con estos detalles hasta al propio Carrillo.
-¿Y cómo ha sabido Carmen Díez de Rivera que yo comía quisquillas en La Trainera? –me preguntó el legalizado secretario general del PCE cuando le conté la anécdota.
Por aquel tiempo, entrar en La Trainera era fácil, llevases o no peluca. Entrar en el piso de Santiago Carrillo era complicado. Primero unos militantes te paraban en el portal. Después, otros militantes te introducían en un automóvil aparcado frente a la puerta de entrada del edificio, justificando la medida “para que los vecinos, que ya están un poco molestos con tantas visitas, no vean a mucha gente esperando en el vestíbulo”. El tercer paso era subir en el ascensor, en compañía de un militante, hasta el rellano del piso del camarada Santiago.
El militante daba los tres golpes convenidos en la puerta de madera reforzada con una chapa de acero y a través de la mirilla un ojo te observaba desde el interior. Luego se descorría un cerrojo, después de oía corre un segundo cerrojo y chirriar una cerradura. Cuando la puerta se abría veías un pequeño vestíbulo y tres ciudadanos corpulentos que te escrutaban de arriba a abajo hasta que la cabeza de Santiago Carrillo asomaba por una puerta lateral y pronunciaba la frase mágica: “Que pasen”. Pasabas dejando atrás, a tu derecha, apoyado en un rincón junto a la puerta de entrada, un reluciente bate de béisbol.
-¿Has visto si tiene la peluca en alguna estantería? –me preguntó Carmen mientras pelaba una quisquilla.
-No. Me dijo que se la regaló al policía que le detuvo pero el juez la había reclamado como prueba de convicción.
-¿Y que viste en la sala de estar? –me preguntó Carmen al tiempo de introducir la quisquilla en su boca después de pelarla sin apenas mancharse los dedos, que hasta en eso se notaba la esmerada educación recibida, mientras yo ya me había salpicado la camisa.
-Psss… Poca cosa. Un dibujo que le dedicó Picasso…
-¿Y a eso le llamas poca cosa?
-Bueno, yo quería decir…
-Sigue diciendo, sigue.
-Muñecas. Tiene varias muñecas de porcelana.
-De su mujer. No veo a Carrillo coleccionando muñecas de porcelana.
-O de la esposa del propietario del piso. Los Carrillo lo han alquilado amueblado.
-Muy perspicaz por tu parte.
-Gracias, Carmen.
-¿Y cómo era el Carrillo que conociste en París?
-Un hombre con sentido del humor que reconocía que entre los dirigentes comunistas han abundado taciturnos con tendencia a hablar ex cátedra.
-Como el Papa –me interrumpió Carmen.
-Es lo que le dije a Carrillo. Me respondió que algo de eso se dio en dirigentes imbuidos del papel de representantes de una cuasi religión. No era su caso, me explicó. Él apreciaba el humor como parte de la cultura social y de la inteligencia y discrepaba de la afirmación del poeta Gabriel Celaya de que el humor es fascista. Carrillo al fascismo le veía malhumor.
Febrero de 1975. París. Un pequeño piso de seguridad del Partido Comunista de España. El secretario general del PCE se somete a una entrevista a lo largo de varias tardes. Transcrita, la entrevista ocupó 120 folios que el vértigo político que vivió el país quemaron antes de llegar a la imprenta.
Le conté a Carmen que la habitación era austera: una mesa circular y media docena de sillas. La iluminación, escasa. Carrillo llegó siempre precedido de un guardaespaldas y en las muchas horas de conversación no cesó de mover su pierna izquierda y de extraer con dos dedos de su mano derecha cigarrillos que tenía en la cajetilla de uno de los bolsillos de su chaqueta.
-¿Y por qué no dejaba la cajetilla encima de la mesa? –me peguntó Carmen, práctica como casi todas las mujeres.
-Interesante pregunta que espero le formules el día que te lo presenten.
Seguí contándole a Carmen que Carrillo extraía cigarrillos con precisión logística. A lo largo de las cuatro horas diarias de conversación se levantó de la silla una sola vez cada una de las tardes: siempre se levantó cuando oscurecía y la habitación iluminada ofrecía un blanco perfecto un francotirador situado en una de las ventanas del edificio levantado en la acera de enfrente. Carrillo, sin dejar de hablar, se acercaba a la ventana y con la naturalidad del que está habituado a hacer estas cosas bajaba la persiana metálica no sin antes dar una ojeada a la calle, que la que estaba aparcado un coche de negra carrocería, siempre con un hombre de aspecto taciturno al volante.
Una tarde, Santiago Carrillo llegó muy contento. En una de sus manos sostenía una botella de Tío Pepe. De la otra mano colgaba su cartera de mano, de piel negra y con esas. “La botella me ha regalado un camarada que ha venido de España”, me dijo. Luego, añadió eufórico: “Ya queda poco tiempo para que me tengan que traer este tipo de obsequios”. O sea que piensa volver pronto a España, le pregunté. Me respondió que sí.
La última imagen que Carrillo conservaba de España era de 1939: la imagen de combatientes de las Brigadas Internacionales intentando crear a la desesperada una línea sobre el Ter. Esa imagen se superponía, se fundía con el recuerdo del momento en el que cruzó la frontera junto a restos de un ejército republicano en plena desbandada y una población civil aterrorizada y hambrienta.
Carrillo tenía entonces veintiún años y experiencia sindical y política desde los trece. Ya había estado tres veces en la cárcel y reconocía que, probablemente, era puritano y menos humano, como sucede generalmente con los jóvenes.
-Pero bueno, Carmen, esto es largo. Te enviaré una copia de lo que me dijo. Comamos quisquillas.
Se la envié. Carmen pudo leer mi versión de Carrillo antes de conocerle personalmente.
“Se cruzan muchos tipos de fronteras a lo largo de una vida. Antes de cruzar la frontera geográfica Carillo cruzó la frontera ideológica: de las Juventudes Socialistas pasó al comunismo. ¿Una traición? Durante muchos años, Rodolfo Llopis, secretario general del PSOE en el exilio mantuvo, mantuvo esa denuncia. A Carrillo le parecía una memez. Traición, me decía, habría ido si el siete de noviembre, con Madrid cercado, él se hubiese pasado a los fascistas. ¿Pero de qué traición podía hablarse si en el momento más difícil del Madrid sitiado asumió más riesgos al ingresar en el PCE? ‘Yo no gané nada; arriesgue mucho más que si hubiese continuado siendo un joven socialista. Ocurrió que las Juventudes Socialistas eran la izquierda del partido, estaban ligadas a Largo Caballero y creían en la unidad de la izquierda para hacer frente al fascismo. De haber querido hacer carrera en el PSOE estaba mejor colocado que nadie. Pero me fui, nos marchamos muchos al PCE y la prueba de que no lo hicimos para medrar está a la vista: la mayoría de los hombres fusilados por la dictadura de Franco eran dirigentes comunistas clandestinos que en habían militado en las Juventudes Socialistas y en 1936 se pasaron al PCE’.
En sus años de exilio, pasados básicamente en Francia, pero también en Bélgica, la Unión Soviética, México, Estados Unidos, Argentina, Portugal, África del Norte y Cuba, Carrillo utilizó diferentes identidades. Una temporada fue Miguel Urrutia porque la documentación que tuvo en su mano tenía ese nombre y ese apellido, como ocurrió cuando pasó a ser López Asís. Pero también se llamó simplemente Pedro o monsieur Giscard porque su esposa había vivido en l’Auvergue y ese apellido era corriente allí. Giscard fue el apellido escogido por los Carrillo cuando llegó el momento de inscribir a sus hijos en la escuela y Giscard fue la familia Carrillo hasta 1968, año en el que lograron legalizarse en Francia con su apellido, aunque el amable peluquero de su barrio le siguió llamando monsieur Giscard pese a que ya sabía que le estaba cortando el pelo a monsieur Carrillo.
Me hablaba ya Carrillo, en las frías tardes del París de 1975, de temas a los cuales siguió siendo fiel al regresar a España y liderar el legalizado PCE: compromiso histórico a la italiana para aglutinar a las fuerzas democráticas y espíritu de reconciliación alejado del revanchismo. Plantear represalias creía que volvería a despertar en los españoles demonios que podían retrotraer al país al ciclo de la violencia. También estaba convencido de que los problemas nacionales de Cataluña, el País Vasco y Galicia sólo cabía penar que tendrían solución en el ejercicio del derecho de autodeterminación. ‘Je, je, je’ rió Josep Tarradellas sentado en su butaca preferida en el destartalado, gélido salón en invierno de su casa en la Turena cuando le conté esto último. ‘Carrillo no ha entendido nunca la política catalana. Ocurre que en puntuación de cero a cincuenta él se coloca en veinticinco y los restantes dirigentes comunistas no suelen pasar de dos’, añadió el cáustico anciano cuando se le pasó el acceso de hilaridad al que no era propenso. Tarradellas era de sarcasmo, de ironía, de retranca. No de risa.
Carrillo fumaba dos cajetillas diarias de cigarrillos. Rubio, porque el médico, que siempre solía aconsejarle lo que Carrillo quería que le aconsejara, le había dicho que el tabaco rubio era menos dañino que el negro. No paraba de mover las piernas mientras hablaba aunque decía que a él los nervios le repercutían en el estómago y las piernas eran simplemente las tuberías por las que dejaba escapar la corriente nerviosa.
Llopis le llamaba Carrillito, lo que para Carrillo era signo inequívoco de que el reloj biológico del ya anciano dirigente socialista se había parado en los años treinta, cuando Carrillito tenía pocos años.’Llopis está en una peligrosa fase de chochez y el PSOE ha hecho bien sacándoselo de encima’, me comentó Carrillo, al que empezaron a llamarle don Santiago cuando en 1946 pasó a ser miembro del Gobierno republicano en el exilio. A él nunca le gustó lo de don y siempre prefirió que le llamaran simplemente Santiago porque, decía, no era sino un camarada, un amigo más.
‘¿Amigo? ¿Dijo amigo?”, rió a carcajadas Jorge Semprún al explicárselo. Había entre ellos dos, y también entre Carrillo y Fernando Claudin, la vieja cuenta pendiente de su expulsión del partido. ‘Carrillo sólo ha sido amigo de sí mismo’, añadió Semprún. ¿O quizás Claudin? No lo recuerdo.
En cierto modo coincido con ellos, Carmen. ¿Uno más? Se debe ser de pasta especial para ser durante tantos años y en condiciones tan difíciles secretario general de un partido que sufrió purgas, crisis internas, caídas, deserciones, erráticos cambios de rumbo… ¿Se debe de ser, por ejemplo, mucho más duro, despiadado incluso, de lo que aparenta Carrillo puertas afuera? Era curiosa su falta de reflejos ante preguntas que se salían del contexto estrictamente político como ¿es cierto que tiene una guardia pretoriana?, ¿qué le gusta, al margen de la política?, ¿ Cuánto tiempo hace que no ha ido a bailar?, ¿cuántas mujeres han pasado por su vida?… Carrillo daba una calada al cigarrillo y preguntaba ¿eh …? , viejo truco del entrevistado en apuros para ganar tiempo para pensar una respuesta forzando al entrevistador a reformular la pregunta que su interlocutor ha entendido perfectamente en primera instancia.
Las respuestas a las preguntas políticas Carrillo las tenía programadas. El comunismo aceptaba, como parte del patrimonio común, lo que de bueno hay en la cultura burguesa. Se ha de acabar con el mito de que el patriotismo es propio de la derecha. Se ha de ser capaz de admitir que gente que ha estado picoteando a los comunistas durante cuarenta años pasen a la democracia al mismo tiempo y con los mismos derechos que los picoteados. Los comunistas debían admitir que pasó el tiempo de la toma de los palacios de invierno porque en los países desarrollados de Occidente el acceso del socialismo al poder a través de las vías democráticas y no revolucionarias permitirá construir un mundo más avanzado socialmente que el de la Unión Soviética y países de su área de influencia. La burguesía repite que cuando los comunistas acceden al poder asfixian las libertades, pero no dice nada de los momentos en los que la burguesía, en defensa de sus privilegios económicos, barrió las libertades.
En el París frío, húmedo y gris de febrero de 1975 el hombre de baja estatura y mirada vivaz se me mostró sólo por un momento como un ser humano aquejado de nostalgia. Fue, minutos fugaces de debilidad, cuando me explicó que el día que regresase definitivamente a España viajaría, sólo, a Gijón y Avilés, sus dos ciudades de infancia, para reencontrarse con parte de su pasado, el del niño que hacía travesuras en las calles y el adolescente que soñaba con ser ingeniero y no fue hasta llegar a Madrid que descubrió que no podría serlo porque su familia no tenía los 35 duros que, creía recordar, debían pagar para cursar el bachillerato y por eso Carrillito dejó los estudios y se metió a trabajar en una imprenta, de la imprenta pasó al periodismo y, como tantos otros en la España de aquellos años, del periodismo pasó a la política, suponiendo que en aquella época el periodismo y la política estuviesen disociados.
Lucía en la muñeca un hermoso reloj de oro. Un reloj que no podía comprarse un hombre que como secretario general del PCE cobraba 1.500 francos mensuales. Carrillo se sacó el reloj de la muñeca. Me mostró el dorso, con una dedicatoria del que le había regalado el reloj: el presidente de Corea del Norte. Todavía vivía buenos tiempos el heterogéneo y en algún caso heterodoxo Movimiento Comunista Internacional que, a falta de servir para aglutinar una política común, servía como espacio de intercambio de experiencias que Carrillo valoraba.
Era consciente de lo muy complejo de la época. ‘En las condiciones de hoy es inimaginable que surjan unos Carlos Marx o Engels, hombres de una época en la que, siendo culto, se podía tener una buna idea de conjunto de los avances científicos, de la economía, de las ciencias sociales. Hoy, todo está muy fragmentado. Es imposible que el hombre acumule todo el saber que hace falta para elaborar una teoría como la que pudo elaborar Marx. Los líderes políticos de hoy juegan un papel, pero dependen en última instancia de grandes equipos de asesores y del fluctuar de las culturas de masas, inmersas en vertiginosas transformaciones sociales que en muchos casos desbordarán a la clase política. Más que en un tiempo de crisis de líderes estamos inmersos en tiempo de crisis de la sociedad’
Estaba Carrillo implicados por entonces en el conflictivo diálogo cristiano-marxista. No le preocupaba el hecho de que un cristiano que ingresase en el PCE continuase siendo cristiano o dejase de serlo. Incluso diría que le daba cierto miedo que en algunos casos dejasen de ser cristianos ‘porque entonces a lo mejor un día dejan también de ser comunistas’
Me contó una historia. ‘Una vez vino a París un comité provincial del partido. Venían a discutir algunas cosas. Con gran sorpresa por mi parte uno de los miembros de aquel comité era sacerdote. No pareció muy bien, pero a lo largo de los tres días de conversaciones mantenidas con él percibí que aquel sacerdote había dejado de ser creyente pro seguía siendo sacerdote por cobardía o comodidad. Hable seriamente con él. Le expresé mi opinión de si había perdido la fe debía dejar el sacerdocio, que no podía seguir engañando. Y él lo entendió’
Fue un hecho, Carmen, y tú lo sabes tanto como yo, que en los sesenta gran número de cristianos ingresaron o simpatizaron con el PCE. ¿ Por qué? Cabe pensar, y creo que coincidirás conmigo, que llegaron al comunismo impulsados por su idea de que la religión estaba ligada a un aspecto ético de la lucha por la justicia social. Fue en ese sentido que Engels reflexionó sobre la semejanza entre los cristianos y la Primera Internacional. Carrillo lo entendió. Hay una anécdota divertida sobre este asunto que tantos quebraderos de cabeza provocó a la jerarquía católica. Ya le legalizado el PCE, Carrillo participaba en un mitin. Al finalizar, cogió el micro y dijo dirigiéndose a los asistentes: “Me indican unos camaradas encargados del servicio de orden que los hermanos que hayan perdido unos rosarios los pueden pasar a recoger al pie de la mesa presidencial”.
Por los días en que nos veíamos a media tarde Carrillo había ido al cine para verEmmanuelle. No le gustó. Había visto también los cuentos de Boccacio filmados por Pasolini. Me aseguró, textualmente, que había reído como un loco.
Las conversaciones acabaron una tarde en la que por primera vez a lo largo de aquellos días lució el sol en las calles de París. Me dijo Carrillo, en el momento de despedirnos:
-Hasta pronto, en el sol de España.
-¿En qué tiempo fija ese “hasta pronto”? –le pegunté.
-Nos felicitaremos personalmente las Navidades en Madrid.
No te canso más, Carmen. Cumplí mi palabra. Un beso”.
Carmen y Carrillo se conocerían personalmente -cuando menos de forma oficial- en el Ritz de Barcelona la noche en la que el grupo Mundo, que como otros grupos periodísticos moriría con la llegada de la democracia, concedió sus premios a los personajes del año. Carmen y Carrillo fueron dos de los premiados en el apartado español. Los dos se saludaron al cruzarse en el vestíbulo del hotel.
-A ver si nos vemos un día y nos tomamos un chinchón – le dijo Carrillo.
-Cuando quieras –le respondió Carmen con aquel punto delicioso a un 50% de ironía y coquetería.
Acaba la velada, Carmen subió a su habitación para atender a un par de entrevistas. En las primeras horas de la madrugada, ya el Ritz desierto, bajó al salón donde habíamos quedado que la esperaría. Se quitó los zapatos y me dijo:
-Lo del chinchón me costará caro.
Se lo tomaron unas semanas después en el Congreso, en un receso de la refriega parlamentaria que tenía a Martín Villa como tema monográfico.
Según me contó la propia Carmen, ella se había acercado al concurrido bar del Congreso invitada a tomar un café por Donato Fuejo, parlamentario del Partido Socialista Popular, en el que ella ya militaba oficialmente. El Congreso era en aquellos tiempos un espacio abierto en el que podías circular, interpelando en los pasillos al que te viniese en gana y siguiendo los debates de pie junto a una de las entradas del hemiciclo. El caótico ambiente de libertad que se vivía en la calle se respiraba también en el interior del Congreso. Las medidas de seguridad eran mínimas. A Suárez le interpelaban periodistas e invitados mientras sosteniendo la taza en una mano y el plato en la otra, bebía de pie un café. El terrorismo, pese a ETA y los GRAPO, no era todavía el espectro amenazador que ha llegado a ser con el paso del tiempo.
Mientras Carmen se bebía su café pasó por allí Carrillo, que la invitó a un chinchón. Carmen había acertado en lo que me dijo la madrugada del Ritz: a los ultras del país se les erizaron los pelos. La aristócrata y el comunista. La musa de la transición y el asesino de Paracuellos. La muy zorra sonriéndole al muy cínico.
-O este país es capaz de olvidar o no avanzará nunca – me dijo Carmen con tristeza, cenando una noche en un restaurante pequeño y discreto.
A mediados del año 1999 me explicó por teléfono que una concatenación de errores médicos la había llevado a un estado crítico. Su voz había cambiado. Era un voz ronca, irreconocible, la que me dijo: “Me muero, José”.
Había estado enamorada de Fernando Serrano-Suñer Polo, hijo del que fue hombre fuerte en los primeros años del gobierno franquista. Cuando el noviazgo avanzó y se consolidó, la pareja vino a saber que su matrimonio era imposible porque eran hijos del mismo padre. Serrano-Suñer, padre de Fernando, había tenido una aventura amorosa con la marquesa de Llanzol. De esa aventura nació Carmen. Lo contaba con tristeza, pero también sin resentimiento. La vida da golpes inesperados, venía a decir. Sólo te pedía que no lo contaras. Eso ahora ya no importa porque ella lo acabó explicando cuando la vida se le escapaba a borbotones. Un amigo, Gregorio Morán, me contó que Carmen quiso ver a su padre antes de morir pero que el padre no fue a verla porque, alegó su círculo, era un hombre mayor al que podía afectarle el encuentro.
Carmen murió a finales del 99. Sentí una profunda congoja.
Otros personajes del relato
Alfonso Osorio, democratacristiano yerno de Iturmendi, ex ministro de Franco , fue el mullidor del primer gobierno de Suárez. Fue un parto difícil, porque vacas sagradas que soñaban con ser presidentes tras el cese de Arias Navarro, despechados, se negaron a formar parte del gabinete. Osorio siempre trató de ligar un partido de centro derecha con Fraga y Pujol como pilares. “El escollo siempre fue Fraga”, me explicó. El vicepresidente Osorio tenía como vecino de escalera en el edificio en el que reside a un miembro de la ilegal Plataforma Democrática. Algunas noches, cuando Osorio regresaba a su casa, coincidía en el ascensor con gente de la oposición todavía ilegal que se dirigía al piso de su vecino para conspirar. Se saludaban cortésmente con un “buenas noches”. Pasados los años, ese vecino vendió su piso y a través de la sociedad Eurocapital lo compró Luis Roldán, director general de la Guardia Civil. Una tarde, Osorio, ya alejado de la política activa, salía en su automóvil del parking del edificio cuando le detuvo con gesto imperativo un joven en mangas de camisa y con tejanos. “Su documentación, le exigió”. Osorio le pidió que se identificase y el joven, prepotente, le dijo que era guardia civil y escolta de Roldán. “Baje del coche”, le ordenó a Osorio. Osorio bajó del coche y le mostró su documentación al tiempo de decirle: “Soy coronel auditor de la Armada”. El guardia civil pidió excusas mientras le entraba un sudor frío. Le pregunté a Osorio si era cierto que le había ordenado ponerse firmes y lo negó con una sonrisa. “Sí le aconsejé más modales identificando a la gente”.
Alberto Aza es uno de los diplomáticos más brillantes que he conocido. Un diplomático que, cosa inhabitual en la carrera, se interesa por los países en los que trabaja. Nunca le escuché quejarse, como a tantos otros diplomáticos, de que los calamares fritos de Londres o una paella en Quito no se podían comparar con los calamares de los bares de la plaza Mayor de Madrid o una paella en Alicante. De Alberto Aza me contaron en la Moncloa una historia pintoresca. Enviado a la coronación de Bokassa en representación de la Corona española, Alberto Aza se encontró en Centroáfrica con un joven que se presentó como Martínez, natural de Valencia, de profesión transportista. El tal Martínez se ofreció a Aza para presentarle al futuro emperador Bokassa. “Sígueme”, le dijo. Perplejo, Aza le siguió y Martínez, sorteando los guardias de seguridad que se apartaban a su paso, le condujo ante Bokassa. “Viene de España, Es mi amigo”, le dijo Martínez a Bokassa. “Si tú eres amigo de mon petit Martínez eres también mi amigo”, le dijo Bokassa a Aza. Unos años después de que me contaran esta anécdota, Fernández Ordoñez, por entonces titular del palacio de Santa Cruz, logró localizarme a Martínez. A Fernández Ordoñez, mente literaria, le fascinó la historia de un camionero valenciano en la corte del emperador Bokassa. Martínez me explicó que su amistad con el dictador Bokassa empezó el día en el que con una flota de camiones y un Mercedes de regalo, él y su tío se presentaron en el país de Bokassa para ofrecerle crear la primera red panafricana de transporte. El que se presumía floreciente negocio se fue al garete cuando Bokassa fue derrocado y Martínez y su tío tuvieron que salir por piernas del país, perdiendo sus camiones.
Josep Melià explicaba historias no verificables de la transición, pero apasionantes por lo que tenían de novelescas. Contaba que, un día, Suárez le aconsejó que leyese atentamente la prensa del día siguiente porque encontraría una gran noticia. Melià la repasó de cabo a rabo sin encontrar nada espectacular. Cuando despachó con Suárez se lo dijo. “La operación falló”, le confesó Suárez. Le explicó que un servicio de inteligencia (en aquellos años habían muchos, dispersos, herencia de los tiempos de Carrero Blanco) había localizado en Francia la granja en la que se reunían dirigentes de ETA. Un avión de aeromodelismo, teledirigido y con una carga explosiva en su interior, debía de estrellarse en la granja. La operación falló porque el viento hizo que el avión se desviase y en lugar de caer sobre la casa cayó sobre el establo de los cerdos. Los agentes tuvieron que salir corriendo por el bosque como quien huye del diablo. No menos atrayente era la historia que según Melià empezó a forjarse el día que Suárez se interesó por saber quién de su círculo estaba en condiciones de informarle de primera mano que pensaban los comunistas de la operación reformista. Un ministro, Melià no recordaba quién, dijo tener relaciones con gente cualificada del PCE. “Haz la gestión”, le pidió Suárez. El ministro se reunió con dirigentes comunistas en el reservado de un restaurante. Estaba a mitad de la comida cuando la claraboya se vino abajo y encima de la mesa cayó, junto a los cristales, un ciudadano que ante la sorpresa de los asistentes saltó ágilmente al suelo, recogió de la ensaladera el aparato de escucha que había caído con él sobre la mesa y tras musitar “Agente del Cesid en acto de servicio” salió del reservado con paso muy digno. Melià también me explicó que Suárez controló al Ejército camelándose a los generales en audiencias privadas en la que les explicaba, a cada uno de ellos, que era el hombre en el que había pensado para reconducir la situación con mano dura y despliegue militar a sangre y fuego si el gobierno se veía desbordado, fuese por el terrorismo o por las manifestaciones violentas en las calles. Todos los generales se mostraban satisfechos con las confidencias y la confianza que en ellos ponía Suárez, ignorando que el presidente extendía las confidencias y la confianza al resto de sus colegas de generalato. Lo que les desazonaba era lo de tener que llegar a actuar a sangre y fuego. Llegados a ese punto, todos le decían a Suárez que la situación no era tan grave y esa precisamente era la respuesta que Suárez quería oír. Melià opinaba que algo de razón tuvo Alfonso Guerra cuando definió a Suárez como tahúr del Missisipi. En la mirada final del ex fontanero Melià sobre Suárez era perceptible más masa crítica que elogio. Algo se había roto entre los dos con el paso del tiempo. Quizá como me dijo en uni de los salones de la embaja de España en Londres el ex fontanero Aza todo se debía a que Suárez les daba caña a ellos y se mostraba amable como los que le criticaban

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